Permítame dudar

¿Por qué no vamos despacio?

Como un tren de vapor que arrastra por el campo su pesada respiración, como un traqueteo que deja su mancha de nubes en el cielo azul. Igual que el tiempo suspendido en el aire frío de la montaña, que la mujer que teje mirando a la nada, mientras la cascada de hilos de colores que se derraman desde el regazo hasta el tapiz verde de la explanada.

Como las olas de un mar en siesta, las perezosas caricias del agua en la arena y los mosquitos que flotan al vaivén del viento. Igual que un pescador que cose mecánicamente su atarraya, mitad dormido, mitad despierto y el rompecabezas multicolor de barcazas con su rítmico repiqueteo.

Como ir tejiendo con los ojos el paisaje, construyendo en la memoria la desfiguración de cada forma que se esfuma entre las nubes, el olor de las humedades del viento, de la tormenta que viene desde lejos, el registro detallado de lo inmutable que ante nosotros no se detiene y de lo que podemos cambiar.

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