Permítame dudar

¿Qué hay del otro lado?

Gente prisionera, viendo cada tarde la misma puesta de sol, armando su postal del mundo a través de una mínima fracción, uniforme y descolorida, como el mosaico del suelo de un viejo salón.

Del otro lado del cerco un nítido paisaje se extiende hasta un horizonte que la vista no alcanza a cubrir: el ridículo imposible, el caos incomprensible en el que caen todas las tentaciones al fin.

La promesa del deseo pero también del miedo, de lo diverso, de lo incierto, de la ausencia de las normas que le aseguran siempre qué es lo que va a ocurrir.

Gente que nace encerrada, que odia la reja pero reconoce en la reja toda ley y toda tranquilidad  ¿quién le asegura que tras la reja no hay otra prisión igual?

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