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Claro que soy machista

Y vos también. No fue algo que elegimos, fue lo que nos tocó ser. Al igual que la lengua materna, aprendimos el machismo sin darnos cuenta en los actos cotidianos y  hace parte de nosotros de una manera tan estrecha como el idioma: es difícil entender otro, todo un reto aprenderlo y prácticamente imposible olvidar el primero.

Un profesor universitario cuenta a su clase, jactancioso, cómo grabó la cantaleta de su esposa para avergonzarla en la siguiente ocasión que se atreviera a reclamar por las inequidades conyugales. Una amiga le tolera a su novio lo intolerable para evitar quejarse, por temor a verse como una mujer típica, como la esposa del profesor.

Un exnovio me regañaba en público por hablar con fuerza, por usar palabras que él consideraba vulgares en una mujer. Y yo se lo permitía. Un amigo se enoja con su joven novia cuando le confiesa que en sus primeras experiencias sexuales se sentía culpable y luego se enoja conmigo cuando le digo que eso no es raro, que nos educan para ser sumisas y luego, por la magia de la devoción al hombre tenemos que convertirnos en sus putas.

Un librero me cuenta de los hombres que no quieren leer historias escritas por mujeres: para la muestra Joanne Rowling, que tuvo que ocultar su género en pleno siglo XX para poder publicar Harry Potter. Y mi propia sombra: que viene a decirme, en medio de las crisis existenciales, que me vendría mejor tener hijos para estar ocupada y no tener tiempo de pensar en proyectos ridículos.

Ninguno de estos actos es inofensivo: cada uno de ellos revela los límites que la sociedad ha diseñado para nosotras, cada uno nos da una lección sobre lo que las mujeres deberíamos hacer o hasta dónde podemos llegar. Además, ilustran lo estrecha e insufrible que es la jaula que nos asignó la sociedad, demuestran que no hace falta ser rebelde para estrellarse contra los barrotes que nos rodean, basta con querer respirar.

Estos actos demuestran que toda la sociedad sostiene esos límites, que yo misma los sostengo en acciones inconscientes aunque me declare feminista, que tú también los sostienes aunque digas que no sos machista. Que estos límites se fortalecen cada vez que juzgas a una mujer cercana o a ti misma por hacer cosas de hombres; cada vez que llamas puta a una mujer o tú misma te cohíbes porque no quieres sentirte puta; cada vez que criticas la estética de una mujer o te lastimas a ti misma con duras opiniones frente al espejo.

La realidad demuestra que hay castigos reservados para aquellas que sobrepasen los límites, es decir, para todas: desde la violencia que ejercemos contra nosotras mismas cuando estamos ante nuestros sueños, desde la vulnerabilidad que sentimos al caminar solas por la calle, pasando por los altos costos sociales que nos cobra la familia y la sociedad por cada expresión de nuestra individualidad, hasta la muerte que han encontrado tantas mujeres en las manos de un hombre que las creía de su propiedad.

Todos los seres humanos somos machistas, todos aprendimos a amarnos y amar con mezquindad (regalar flores y bombones a quien reclama derechos no es otra cosa que mezquindad), por eso todos necesitamos el feminismo: para combatir los condicionamientos que ya hacen parte de nosotros y para recordarnos el inmenso valor de la libertad y la generosidad.

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