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Tercer piso

Detrás de esa ventana que una vez fue mía se alcanza a ver una luz cálida encendida. En esas paredes blancas donde ya no están mis fotos deslucidas, se sigue adivinando que en mi ausencia respira un hogar.

En el marco plomizo de la persiana se mece con la cadencia del viento un un globo de papel celofán. En ese mismo lugar donde sembré arvejas en el invierno, donde pinté flores de tiza, donde colgué un polvoriento pajarito de colores para que pudiera volar.

En esa ventana se adivinan sombras sin nombre y se escucha el murmullo de gente sin voz. En el mismo marco donde grité canciones, donde vi amanecer, donde recogí las hojas caídas del otoño que me dejó algún amor.

Detrás de esa ventana que ya no es mía hay ahora otra vida. Una vida que respira, que sube y baja por el ascensor. Una vida que quizás también se enamora de las ilusiones que cruzan la esquina, pero en todo caso una vida que no vivo yo.

Del otro lado de esa ventana que será siempre mía hay un espejismo de mí. Cicatrices y caricias que nunca se quitan, testimonios de que todo lo que he sido también hace parte de todo lo que soy.

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