¿Por qué no vamos despacio?

Como un tren de vapor que arrastra por el campo su pesada respiración, como un traqueteo que deja su mancha de nubes en el cielo azul. Igual que el tiempo suspendido en el aire frío de la montaña, que la mujer que teje mirando a la nada, mientras la cascada de hilos de colores que se derraman desde el regazo hasta el tapiz verde de la explanada.

Como las olas de un mar en siesta, las perezosas caricias del agua en la arena y los mosquitos que flotan al vaivén del viento. Igual que un pescador que cose mecánicamente su atarraya, mitad dormido, mitad despierto y el rompecabezas multicolor de barcazas con su rítmico repiqueteo.

Como ir tejiendo con los ojos el paisaje, construyendo en la memoria la desfiguración de cada forma que se esfuma entre las nubes, el olor de las humedades del viento, de la tormenta que viene desde lejos, el registro detallado de lo inmutable que ante nosotros no se detiene y de lo que podemos cambiar.

¿Cuándo se termina de aprender?

Claro que te parece feo lo que te enseñaron a no mostrar, a no ver, lo que ves por primera vez, lo que no tienes códigos para entender. Una raya en la pared, la pared sin revoque, una casa sin pared. Una piel de otro color, una piel sin ropa, una piel con mucha ropa, una ropa.

Claro que te asustas cuándo no tienes instrucciones para saber qué hacer, cómo saludar, para dónde mirar o cuando no tienes la certeza de que en esas circunstancias no hay nada malo que te pueda pasar. Pero no fuiste siempre así.

En algún momento fuiste un ser curioso que miraba con descaro o que se escondía para mirar, que arrojaba la piedra o esperaba atento a que otro la arrojara para ver qué iba a pasar. Que hacía preguntas sin hartazgo detenido sólo por el hartazgo de alguien más. Durante un tiempo fuiste un ser generoso que observaba sin juzgar.

¿Cuánto tiempo libre tuviste, antes de que se te formara esa costra de moral en la piel?, ¿cuánto tiempo toma aprender qué está mal y qué bien?, ¿a qué edad se mueren las ganas de aprender?, ¿cuándo deja uno de tener ganas de ver su mundo crecer?

¿Quiénes somos inmigrantes?

Cuando doña Bertha, madre aún primeriza, acudió al consultorio de su médico de cabecera con su hija en brazos, éste la levantó y tras observarla sentenció «disculpe señora, pero yo no atiendo muertos». La niña, con apenas pocos días de nacida, vomitaba todo cuanto comía y su escuálido cuerpo se aferraba débilmente a la vida.

Sin embargo, doña Bertha, en su perseverancia, llegó con su hija a la consulta de un par de médicos más, hasta que dio con el doctor Camacho, dispuesto a hacer lo necesario para salvarle la vida. Le prescribió medicamentos, atenciones especiales en casa y vigiló diariamente la evolución de la criatura hasta que decidió que ya estaba lista para regresar a su pueblo natal.

Mi abuela regresó a casa con mi madre, que aún no contaba más de dos meses de edad, pero durante casi un año continuó subiendo la empinada calle empedrada que llevaba a la central telefónica del pueblo, para rendirle al médico informe de los avances que alcanzaba cada vez.

Hasta el día en que, aprovechando la llamada habitual, él le pidió que la llevara a Bogotá para revisarla por última vez. «Me devuelvo para Argentina», le explicó, porque a pesar de haber nacido en Colombia, había estudiado y se había enamorado en Buenos Aires, donde ahora estaba su hogar, al que precisaba volver.

Hoy, sentada con mi abuela de 88 años a la mesa del comedor, descubro que tengo yo vida gracias a la educación argentina, así le pongo un dramático sentido al hecho de haber tenido siempre nostalgia de un país en el que no nací. Y también entiendo menos eso de que sólo nos pertenece la tierra donde nacemos, que el azar del alumbramiento es el que decide qué es lo que nos merecemos, cuánta educación, alimentación, paz y respeto.

¿Hay palabras que no existen?

Las alverjas sólo existen en boca de los campesinos que las siembran. Eso sí, en el diccionario, junto a la foto gris de una pepa que ni siquiera se adivina verde, existen las arvejas.

Las alverjas no existen, así como no existen los campesinos que las nombran. Como no existen las gentes de esos países donde se habla tan mal el español, como no existen los barrios donde los malhablados te taladran los oídos con su vulgar forma de usar las palabras que no existen.

Las arvejas existen porque lo dice el diccionario, ese pesado libro que enumera todo lo que se considera admisible y aplasta la fealdad de las palabras silvestres, esas que denuncian la vida que crece en las periferias, en las grietas del concreto y en las gargantas de toda la gente que no existe.

¿Rutina?

Entre todas las bellezas diversas que aspiro a entender, no entiendo la belleza que presumen los propietarios de la rutina. ¿Qué sentido tiene la medianoche si no la puede uno ver? Si se pierde uno ese olor a focos amarillos, a lluvia evaporada, a humedad, a sereno ¿será?

¿Qué sentido tiene la vida que no te puede sorprender? Perderse la dicha del sobresalto, leer cuentos esperando que te pase a ti también: que venga el lobo hasta tu casa, a ver si tienes un minuto entre la cena y la novela para devorarte velozmente, no sea que mañana no llegues a tiempo para repetir la rutina otra vez.

¿Libre albedrío?

Llueve en los ríos salvajes y ellos no saben, que con sólo elegir su cauce, experimentan ya la libertad. Arrastran piedras y arena con la violencia de la creciente y tienen también, sin embargo, la potencia de crear.

Pero hay otros ríos presos en los canales de concreto que atraviesan la ciudad. Seres vivos de adorno, condenados a la inercia de rodar cargando basura y excremento, sin salirse del canal.

¡Y ay del pobre río que se le ocurra creerse dueño de su libre albedrío y se salga un poquitico del canal! Porque todo está armado para que los oprimidos, gente y ríos, vivan apretados, y cualquier gesto libertario, los puede matar.

#The100DayProject #Day7

¿Mediocridad?

Del uno al cien ¿cuántos puntos se necesitan para ser un ser completo?

¿Darán los dadores de puntos, puntos extra por esfuerzo, por generar envidia o por tener excesivo éxito en uno solo de los criterios?

Haría falta esclarecer algunos detalles, ya sabe, para destinar la energía justa a los asuntos fundamentales. No invertir demasiado tiempo, por ejemplo, en algún divertimento.

En cambio, cuáles serán pequeños detalles que definen la mínima distancia entre la mediocridad y la ¿completidad?¿planchar el cuello de las camisas?, ¿llegar puntualmente a todos los encuentros sin que el sudor delate las prisas?

#The100DayProject #Day6

¿Por qué no mira?

Hagamos un recuento, rápidamente, de las cosas que usted mira a diario, sin mirar.Los manchones de hollín de la ciudad ennegrecida, el hombre también manchado de gris que vende dulces en la esquina, en el semáforo el acróbata virtuoso colgando de cabeza y el centro comercial que se alza, como un homenaje a los productos de limpieza.

La silueta de los cerros recortada a través de la cortina de hollín y el ejército de cabezas sin rostro que evocan un póster de Stalin. Ese peligroso mar de gente, esos sin ojos porque no miran igual que usted, esos protegidos de la realidad porque sólo ven el mundo a través de un cristal.

¿No le da curiosidad?, ¿ver el mundo con sus propios ojos, escuchar con sus oídos las cosas terribles que ese desconocido tiene para contar?, ¿no se le ha ocurrido que la ignorancia no sólo es falta de libro, que más bien puede ser falta de poder mirar?

#The100DayProject #Day5